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martes, 11 de diciembre de 2012

Alemania NO asume su Diversidad


En un contexto de permanente discriminación hacia los extranjeros, los "gastarbeiter" (trabajadores invitados) y las personas de tez más oscura, Alemania se encuentra ante la urgente necesidad de repensar la ambivalencia con la que maneja la diversidad de población.


Exhibición al aire libre homenajea a la histórica diversidad de Berlín.
Alrededor de 20 por ciento de la población de Alemania, unos 16 millones de personas, son descendientes de inmigrantes. Los datos demográficos señalan que 25 por ciento de las personas menores de 25 años descienden de inmigrantes. Los integrantes de este grupo, a los que llaman “nuevos alemanes”, reclaman visibilidad, representación y participación social y política, mientras una generación mayor pierde rápidamente paciencia ante a la incapacidad del Estado de compensar delitos raciales y años de exclusión.
En una exposición por los 775 años de esta ciudad, llamada “Berlín: Ciudad de la Diversidad”, trabajadores turcos, que se pasaron la vida trabajando día y noche en las líneas de montaje de gigantes como Siemens y Telefunken, recordaron haber sido atraídos a este país durante la escasez de mano de obra tras la construcción del Muro de Berlín en 1961. Hoy, sus nietos siguen lidiando con la añeja mentalidad de la sociedad alemana de que “el barco está lleno”.
Tras la caída del Muro de Berlín en 1989, la “integración” se volvió el grito de guerra para la reunificación de Alemania. Mientras Berlín oriental y occidental se fundían uno en brazos del otro, minorías menos visibles, como vietnamitas en el oeste y trabajadores invitados en el este, se encontraron frente a un obstáculo adicional: un vidriado muro de acceso e inclusión que resultó ser más duro de romper que el de cemento. “Nunca me gustó la palabra ‘integración’”, dijo en una radio pública la popular columnista turco-alemana Hatice Akyün, quien escribe en el diario Der Tagesspiegel. “Conlleva las preguntas: ¿quién integra a quién, cómo y por qué?”, añadió Akyün, ganadora del Premio Integración 2011 de Berlín.
En 2005, preocupada por el envejecimiento de la población y la baja natalidad que amenaza con distorsionar el equilibrio demográfico del país, Alemania revisó la legislación sobre inmigración, ampliando el criterio de ingreso para incluir a profesionales altamente calificados, otorgando a los graduados extranjeros de universidades locales un año para buscar trabajo y dando la bienvenida a inmigrantes autónomos. Poco después de promulgada la reforma, la organización neonazi Nationalsozialistischer Untergrund mató a su tercera víctima, Ismail Yasar, un verdulero turco de 50 años, de Nuremberg, como parte de una serie de asesinatos entre 2000 y 2006.
Akyün vivió en carne propia la temerosa escalada de la tipificación de islamistas a las personas de origen turco. “El punto más bajo para mí fue con el ‘debate de Sarrazin’”, cuenta, refiriéndose al auge de la islamofobia y la demagogia populista que siguió a la publicación de “Alemania acaba consigo misma”, de Thilo Sarrazin, en 2010. El libro, que se volvió la obra más popular de la literatura en décadas con 1,5 millones de ejemplares vendidos, expuso el profundo sentimiento anti-inmigración de la sociedad alemana.
“Un nombre y una fotografía de una persona de origen turco en una solicitud de empleo todavía disminuye las posibilidades del postulante en 14 por ciento”, indicó la senadora Dilek Kolat, quien fue una de las oradoras de la conferencia “Diversidad 2012″, patrocinada por el estatuto de la diversidad de Alemania. Kolat abogó por un proceso concreto para implementar una agenda de igualdad de oportunidades y de inclusión social, como su iniciativa “Berlín te necesita”, una campaña destinada a atraer postulantes de minorías al sector público. “Un enfoque neutro ya no es relevante ni útil”, precisó Kolat, frente a responsables de diversidad y empleados de recursos humanos de todas partes de Alemania.
No sorprende que las corporaciones hayan estado entre los impulsores más activos de una política autorregulada en materia de diversidad, pues apuntan a nuevos mercados globales.
El gerente general de Siemens, Peter Löscher, fue un pionero hace cinco años, cuando dijo que su junta directiva era “demasiado alemana, demasiado blanca y demasiado varonil”. “La diversidad es nuestro pan de cada día, nuestra estrategia clara como actor global”, indicó Brigitte Ederer, integrante de la junta directiva de Siemens AG, con unos 52.000 empleados. “Sencillamente, una fuerza de trabajo diversa tiene sentido económico, los equipos mixtos resuelven problemas de forma más efectiva”, añadió.
Según el Ministerio federal de Trabajo y Asuntos Sociales, se prevé en Alemania una escasez de seis millones de trabajadores para 2025. En respuesta a la actual crisis económica, la tarjeta azul de la Unión Europea, un permiso de trabajo, entró en vigor en agosto, a la vez que el portal Bienvenido a Alemania, un proyecto de profesionales calificados que “relaciona toda la información clave sobre cómo hacer una carrera y vivir en Alemania”, indicó.
El sector público también debe atender con urgencia el problema de la diversidad. Alemania tiene solo 13 por ciento de funcionarios pertenecientes a alguna minoría, bastante rezagada respecto de Francia y Gran Bretaña, con 20 por ciento, según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
“La policía todavía no tiene una estrategia en materia de diversidad, el enfoque dominante es la asimilación, la conciencia de la diferencia no forma parte de la mentalidad y es mi objetivo cambiar eso”, dijo la subcomisaria de policía, Margarete Koppers. Su declaración coincide con un momento en que toda la fuerza está siendo observada por no detener a los responsables de los nueve asesinatos de comerciantes de origen extranjero, ocurridos entre septiembre de 2000 y agosto de 2006.
Especialistas coinciden en que esto equivale a aceptar el profundo racismo estructural, y que hace tiempo falta en Alemania un reconocimiento formal como el informe MacPherson de 1994 en Gran Bretaña.
Kien Nghi Ha, profesor de la Universidad de Tübingen que llegó al país en 1979, recuerda en su estudio sobre las relaciones entre Asia y Alemania un doloroso episodio que marcó su niñez: un ataque, en agosto de 1980, contra un refugio de solicitantes de asilo de Hamburgo que dejó a dos vietnamitas de 18 y 22 años muertos. No se hizo ninguna investigación ni contó para las estadísticas. Los asesinatos ni siquiera fueron registrados en la categoría de delitos políticos. Reconocer esos delitos es un paso crucial para lograr una Alemania más diversa e inclusiva.
http://periodismohumano.com/sociedad/discriminacion/alemania-no-asume-su-diversidad.html

miércoles, 17 de octubre de 2012

TAPAPIÉS

De TAPAS por el Mundo sin salir de LAVAPIÉS

La 2ª Ruta MultiCultural de la Tapa, del 17 al 28 de Octubre de 2012

No os la perdais

Participantes:
























lunes, 8 de octubre de 2012

Lavapiés, el nuevo barrio rosa



Una pareja de lesbianas pasea de la mano por la calle de Lavapiés. El termómetro marca 39º. Aunque el bochorno del ambiente no invita al acercamiento, el deseo de las primeras citas las invita a darse un par de besos en cada esquina. Al verlas, el frutero bangladesí se pone más colorado que los pimientos que cuelgan en la tienda. Tampoco les quitan el ojo los camareros indios que custodian las terrazas de la calle a última hora de la tarde. El barbero marroquí de la esquina, en cambio, ni se inmuta.
En los últimos años, esta escena es muy común entre las empinadas callejuelas del barrio, cada vez son menos las miradas indiscretas. “Lavapiés se está convirtiendo en un barrio multiétnico de color rosa. Cada vez hay más lesbianas y gais que se mudan a la zona”, explica Boti García, presidenta de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (FELGTB), y vecina del barrio desde 1994. Esta tendencia ha impulsado la apertura de más de una decena de locales de ambiente abiertos (la mayoría) a todos los públicos. Sin estridencias. Guardan la estética de bar de toda la vida con un toque moderno. Leyre, una de las dueñas del bar de copas El Gallinero, advierte: “Parte del colectivo está cansado del mercantilismo de Chueca”. La cuestión es: ¿Qué tiene Lavapiés que no tenga el barrio gay por excelencia de Madrid?


Boti García, presidenta de la FELGTB, en El Rincón Guay. / SANTI BURGOS
“En primer lugar, el nivel adquisitivo de la zona es mucho más bajo. Chueca se ha convertido en un gueto apto para personas con ingresos elevados. En segundo lugar, allí se celebra el Orgullo Gay a todas horas, y eso cansa. Queremos un barrio donde podamos ser uno más, no el centro de atención. Y, por último, en el caso de las lesbianas, ya era hora de que tuviéramos un punto de encuentro para nosotras”, argumenta Patricia Soto, dueña del pub de ambiente lésbico El Mojito. “Lavapiés siempre ha sido un barrio de extramuros, siempre en la frontera de una sociedad biempensante, como el colectivo LGTB”, explica Boti García, mientras toma un té de hierbabuena en la terraza de El Rincón Guay, una cafetería frecuentada y regentada por gais.
Lo primero que hizo su dueño, Mauricio Main, cuando lo abrió fue colocar una bandera multicolor como toldo. “Recuerdo lo mucho que les gustaba a las ancianas que venían a comprar al mercado de San Fernando”. “Chueca sabe a plastilina. Lavapiés, a cocido madrileño”, sentencia Panchi, una de las encargadas de La Antigua Taquería, una vieja taberna reconvertida en un restaurante de comida mexicana regentado por lesbianas. “No queremos etiquetas ni destacarnos por nuestra condición sexual”, asegura Panchi, mientras prepara una quesadilla de huevo y trufa, uno de sus platos estrella. En un espejo enorme aparece pintada la carta. A su lado, un par de estanterías sostienen el peso de las botellas de alcohol que aderezan los cócteles. Una figura de San Pancracio las custodia. El personal que pasa a lo largo del día por La Antigua Taquería es de lo más variopinto: desde un grupo de paquistaníes que toma el café mañanero, pasando por el vecino de toda la vida que pide una cerveza y unas aceitunas, estudiantes y jóvenes que aprovechan el módico precio de los platos para disfrutar de una noche de verano, gais y lesbianas dispuestos a encontrar pareja...
La predilección del colectivo LGTB por el céntrico barrio, de 39.985 habitantes, no es nueva. “En los años ochenta y noventa, Lavapiés fue el nido de grupos reivindicativos por la homosexualidad como La Radical Gay y Lesbianas LSD”, recuerda Gabriel Abraham, dueño de la única sauna gay de la zona, en la barra del Madness, un pub fetichista para gais situado también en Lavapiés. Entre gemidos y cuartos oscuros, Abraham, de 48 años, muestra la variedad de posturas y juegos sexuales que se pueden practicar en el local, vacío a primera hora de la tarde.
“Cuando Chueca se puso de moda, Lavapiés pasó a un tercer plano, pero siempre hemos estado aquí”, matiza. En 2010 este vecino del barrio abrió la sauna, deunos 300 metros cuadrados. Por el módico precio de 10 euros, el cliente gay puede pasar hasta ocho horas disfrutando entre vapores, el jacuzzi, los masajes, las cabinas, etcétera.
La apertura en 1996 del Centro Social Ocupado Eskalera Karacola, autogestionado por mujeres, atrajo a un gran número de lesbianas al barrio. Cerca de Antón Martín se encuentra elClub 33, más conocido como La Antigua Medea, uno de los lugares de ambiente lésbico más emblemático de Madrid. Con más de 30 años de experiencia, sus actuales dueñas han querido dejar atrás los tiempos de las mirillas para acceder a la discoteca y ahora abren tanto a los que entiendencomo a los que no. “Aunque hay un mayor número de locales femeninos, los gais estamos invadiendo el espacio poco a poco”, asegura Dalton Penn, dueño del Bangalá, un pub de encuentros sexuales masculino. “Por cuatro euros puedes tomar un gin tonic y pasar un buen rato. En Chueca, esto es impensable”, critica.
El presidente del Colectivo de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales de Madrid (COGAM), Agustín González, lamenta quse considere Chueca como un barrio elitista. “Es muy positivo que se abran más espacios para los gais en Madrid, y estos dos barrios se pueden complementar con diferentes ofertas de ocio para distintos públicos”.
“Las bolleras alternativas por fin hemos encontrado nuestro sitio”, exclama Silvia Rodríguez, una de las dueñas de El Gallinero, una antigua tasca reconvertida en un pub. Acodadas en la barra, Leire y Ruth se ponen al día con un par de cañas. “Solemos venir mucho porque pinchan buena música, las copas son de calidad, hacen fiestas temáticas y dejan entrar a los perros”, explican. ¿Acabará Lavapiés eclipsando a Chueca? “No lo creemos”, explican. “Tendríamos que derribar los cimientos sociales del barrio, y lo que queremos nosotros es ser una minoría más dentro de esta torre de Babel”.