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lunes, 22 de julio de 2013

22 de Julio - Día de Acción Europea contra los Crímenes de Odio



En memoria de las víctimas de la matanza terrorista de Utoya y Oslo
22 de Julio

Día de Acción Europea contra los Crímenes de Odio


Se cumplen dos años de la mayor matanza  que ha vivido Noruega desde la II Guerra Mundial, realizado por un neofascista que acabó con la vida de 76 personas, en su mayoría jóvenes  laboristas, a los que asesinó por defender una Europa multicultural. El innombrable asesino era  un terrorista alimentado por su ideología  racista, islamófoba y de extrema intolerancia, ideología compartida por una ultraderecha que está empeñada en destruir la democracia, la igualdad, la tolerancia y la convivencia intercultural, liquidando todas las conquistas planetarias en materia de derechos humanos.
Esta tragedia de terrorismo de odio desgraciadamente ha ido acompañada de otros crímenes que  han conmocionado a la ciudadanía de bien en la Unión Europea. La aparición de la asesina célula neonazi  en Alemania, los crímenes racistas contra inmigrantes en Italia, la persecución inhumana y criminal de gitanos en diferentes países del continente, los ataques a judíos, a musulmanes y sus lugares de culto, las agresiones a homosexuales y los ataques a personas y organizaciones negando su diversidad, y los intentos de matanzas similares en París y Mallorca, configuran un panorama inquietante en toda Europa.
Es fundamental no olvidar y recordar a las víctimas de los crímenes de odio.  Vivimos tiempos de olvido, donde resulta imprescindible y radicalmente  necesario mantener la memoria del las víctimas y el compromiso solidario, el reforzamiento democrático frente al odio y de lucha para avanzar en todos los ámbitos frente a las lacras del racismo, la xenofobia y la intolerancia que vuelven a estar amenazadoramente presentes en nuestro continente.  Esto es objetivamente ineludible.
Para recorrer  en este camino en defensa de la dignidad humana, de los valores democráticos y de los derechos humanos, resulta necesario que nuestras instituciones avancen, promuevan e instituyan el Día Europeo en Memoria de las Víctimas de Crímenes de Odio, que mantenga vivo el compromiso de solidaridad con quienes más  sufren e inviten a toda la ciudadanía a un ejercicio democrático de movilización en defensa de la víctima de odio. Entendemos que en memoria a tanto sufrimiento, el día 22 de Julio nos recuerda directamente a las víctimas en Oslo y Utoya, y a su vez nos permite referenciar una permanente llamada a la Justicia que emerge de este dolor compartido frente a los crímenes de odio. Propuesta que trasladamos al Parlamento Europeo para su aprobación.
El Consejo de Europa y el “No Hate Speech Movement” han declarado Día de Acción Europea contra los Crímenes de Odio. Invitamos a la ciudadanía europea, a su sociedad civil, a  las entidades e instituciones a apoyar esta iniciativa, a trasladarlo al Parlamento Europeo y al resto de poderes públicos, a sumarse a las acciones que se desplieguen en este sentido.
En Oslo, Madrid, Roma, París, Varsovia, Berlín….          22 de julio de 2013


Organizaciones que apoyan la iniciativa
En Europa
Movimiento contra Intolerancia
CEJI, una contribución judía a un mundo inclusivo
ERRC, European Roma Rights Centre
INACH, Red Internacional contra el odio cibernético
Fundación Magenta, Países Bajos
ILGA Europa
ENAR, Red Europea contra el Racismo
Autoridades Norvegian
Partido del Trabajo Noruego - sección de jóvenes

En España
Movimiento contra la Intolerancia      
Red Europea contra los Crímenes de Odio
Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica 
Partido Socialista de Madrid (PSOE)
Izquierda Unida
Unión Sindical de Madrid de CC.OO.
Unión General de Trabajadores (UGT)
Fundación Violeta Friedmann
Asociación de Víctimas de la Violencia Fascista, Racista y Homófoba
Acción Popular contra la Impunidad     
Plataforma Ciudadana contra la Islamofobia
Federación de Agrupaciones Islámicas por la Convivencia en España (FAICE)  
Centro Cultural Islámico de Valencia.
Federación de Musulmanes en España
Instituto Halal
Junta Islámica
Unión de Mujeres Musulmanas
Voluntariado de Madres Dominicanas. 
Asociación Rumiñahui de Ecuador.
Asociación de Refugiados e Inmigrantes Peruanos en España (ARI-Peru)
Asociación cultural colombiana ACULCO.
 Confederación  de Asociaciones Iberoamericanas.
Federación de Entidades Latinoamericanas (FEDELATINA)
Centro Panafricano   y   Revista Wanafrica
Asociación Pro Inmigrantes de Córdoba - Acoge
Asociación Iberoamericana para la Cooperación el Desarrollo y los Derechos Humanos
Unión Romaní    
Fundación Secretariado Gitano
Asociación de Mujeres Gitanas Alborea
Plataforma de Iniciativas Gitanas Madrid
Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales     
Fundación Triangulo                  
Colectivo Gay de Madrid (COGAM)
Red Cívica contra el Antisemitismo    
Comunidad Judía de Madrid
Consejo de la Juventud de Navarra.
Consejo de la Juventud de León
Foro Social de Madrid
Asociación Unificada de Militares Españoles  (AUME)
Federación de Asociaciones de Vecinos de Madrid

EQUO

viernes, 19 de julio de 2013

Concha Carretero, desobediente: “No pasarán. Y si pasan, ¡con no hablarles!”

Su padre, anarquista, atentó contra Alfonso XIII. Ella compartió celda en Ventas con las 13 rosas. Y uno de sus 10 bisnietos, también anarquista, lucha en el 15M. Concha Carretero, 95 años, pelea desde joven por reivindicar la memoria de los que sufrieron la posguerra. Su familia fue un ejemplo. Sus dos hermanos ya muertos y ella llegaron a acumular 35 años de cárceles, penales y encierros cautelares.
Hace 30 años que vive en la misma casa de San Blas, un barrio obrero de Madrid. Y más de 10 (tras enviudar) que vive con Verónica, la mujer cubana que cuida de ella. Apenas sale de casa si no es para asistir a un mítin del PC, a los que le lleva Javier (“le quiero más que a mi vida”), un compañero de partido que tira de la silla de ruedas. La guarda en el pasillo y le tiene manía, porque le recuerda que ya no es como antes. Aún así, se levanta y despacio anda sola hacia el pasillo para traernos unas fotografías.

1. La conciencia política me viene de servir en casas de ricos

“Nací en Barcelona porque mi padre intentó matar a Alfonso XIII. Ayudó a Mateo Morral, el anarquista que tiró la bomba bajo el ramo de flores y luego, en prisión, apareció ahorcado”. El atentado fue durante la boda real –1906– y Concha Carretero nació en 1918. ¿Tantos años buscándole? “Apareció en una lista y se escondió con mi madre en Barcelona. Allí nací yo. Pero toda mi familia es de Madrid, Segovia y La Granja”.
Y es que la familia del padre de Concha servía al rey. “Mi abuelo era del cuerpo de alabarderos, la escolta real. Toda la familia servía en el palacio de La Granja. Mi abuela planchaba las camisas de Alfonso XIII, mi tía fue la doncella de la infanta Isabel y mi padre, el jardinero mayor. Pero dejó el puesto cuando se hizo amigo de unos anarquistas que cerraban los bares, ‘los frescos de Madrid’ les decían. Y mi padre, el que tenía más cara”.
Dice que de él heredo su buen humor. Y sus historias, que rondaban su casa una vez muerto y que luego ella contó a sus compañeras de celda para animarlas. “Mi padre murió en la calle, solo, cuando yo tenía 6 años, mi hermano Pepe 9 y Luis 15 meses. Se dio a la bebida cuando se dio a la política. Por eso tuvimos que trabajar. Yo empecé en el colegio, sirviendo a la maestra. Fregaba los suelos, le hacía recados y ella me pagaba con dos reales, que me daban para un pan de cuatro bolas y dos onzas de chocolate que repartía con mi hermano”. Por falta de pago, les quisieron echar de casa, y ella hizo de nuevo la Primera Comunión para sortear el desahucio. “Lo hice para ganarme a las catequistas. Vi que a una niña le habían ayudado. Y así fue. Nos pagaron 6 meses de alquiler y vales para Manolo, el tendero”.
Pero el respiro duró poco. Su madre, portera, se cayó por el hueco del ascensor y Concha comenzó a ayudarla. También fue aprendiz en una camisería, churrera, enfermera, criada… “La conciencia política me viene al sentir que nuestra vida no era como la de las demás. Yo servía en casa de unos asturianos. Tenían de todo en la despensa, los niños iban de bordado, y en mi casa no podíamos ni estudiar. Ahí empecé yo a pensar que había que hacer algo”. Y así, escapándose a los 14 una tarde al Metropolitano, un chico le sacó a bailar. Y le acompañó a casa. Así otra tarde hasta que: ‘¿Cómo ves esto?’, le preguntó él. ‘Veo una injusticia social muy grande’, dijo ella. ‘Sirvo en casas donde hay de todo y luego llego a mi casa donde no hay de nada. ¡Habrá que hacer algo!’ Pero ese algo ya lo estaba haciendo su hermano mayor en casa, con una asociación cultural, Los Matutanes. “Tocábamos rondallas y hacíamos obras de teatro. La recaudación se la dábamos a quien tuviera problemas económicos. En el registro éramos la asociación Salud y Cultura. Nos reíamos. ¡Salud mucha, pero cultura, poca! Y cuando nos reuníamos, la policía controlaba. Hasta que veía el baile y la cosa cultural no nos dejaba en paz. Entonces poníamos en el portal a uno de guardia y mi hermano soltaba su charla política. ‘El mítin relámpago’ lo llamábamos”.

“Una de las obras que más hicimos fue Las doce en punto, el sainete de Carlos Arniches. Yo era la protagonista, Concha Catalá. Aún me la sé de memoria. Quisieron llevarme de gira y todo, pero mi hermano no me dejó salir por los pueblos. ‘Quien quería subir tenía que pasar por la piedra’, me decía. ‘Prefiero tenerte así como eres y no perderte”.
2. Recordar es volver a vivir
“Lo de la memoria histórica debió ser antes, con la Transición. Estaba todo fresquito. Ahora es tarde, sólo quedamos la tralla, dice, los que no valemos pa’ na. Con la cabeza que no rige como es debido…”. Pero ella sabe que en su caso no es verdad. Es una narradora nata con una memoria prodigiosa: suelta detalles relevantes de días marcados, la dirección exacta de los sitios, las personas, quién dio a quién qué. De cosas que ocurrieron hace, por ejemplo, 80 años. “Si alguna suerte tengo en la vida es que no se me olvida nada. Se me olvida lo que quiero; lo que no, no”. Se remueve algo al decir:
“Recordar es volver a vivir. Hay momentos que no querría olvidar. Otros en que lo pasé tan mal que me duele. Todavía sigo soñando con lo pasado. Verónica me dice: ‘Vaya noche que ha pasado usted, hablando y chillando’. Tengo las torturas tan frescas en mi mente, que doy la lata”.
A ver, por ejemplo. Un día que no pueda olvidar. “El 17 de enero de 1941”, dice sin pensarlo. Tiene 23 años. Ha vuelto a la cárcel de Ventas por tercera vez. La primera fue durante el golpe de Casado en marzo del 39, al final de la guerra. La segunda, terminada la guerra y también en Ventas. Apenas habían pasado 3 meses, pero la cárcel nada tenía que ver: “Habían quitado las salas de juego, los comedores, las duchas… Una prisión para 500 mujeres y éramos 11.000”. Esa segunda vez estuvo año y medio encerrada. Hasta que una tarde de diciembre de 1940 se ganó al general Carbonell y éste la soltó sin saber quién era.
“El general me llamó a diligencias y me dijo: ‘Tengo oído que eres muy castizona, que hablas mucho’. Y yo: ‘Pues sí’. Y él, mirando por la ventana: ‘Conocerás bien Madrid. ¿Sabes qué es eso de allí en frente?’ Se veía el cerro de los Ángeles, al que llamabamos ‘el cerro rojo’. Me quería pillar, pero como estaba baqueteá, respondí que era el cerro de los Ángeles. Y como había fiestas y se veía una verbena, cuando me preguntó que más veía, le dije: ‘Eso que hay abajo es un puesto de botijos. ¡Que ya me está jorobando con tanta preguntita!”. El general se echó a reir. ‘¿Qué te parece que te saque a la calle?’, preguntó. ‘Pues que no tenía que haber entrado. ¿Acaso es delito pasearse con el novio?’, le espeté, haciéndome la inocente. Así fue como salí. Pero luego se enfadó mucho. ‘¿Quién hizo los trajes militares?’ Concha. ‘¿Quién intentó quemar los archivos de la JSU?’ Concha. Y él: ‘De mí no se ríe nadie’. Entonces fue a por mi familia y yo me entregué, al mes de haber salido.
Tras desnudarla y torturarla en los sótanos de Ventas, cuando despuntaba el alba de ese 17 de enero la llevaron a las tapias del cementerio de La Almudena. “Estaba deseando acabar ya. Y pensé que me iban a quitar del medio. Pero sólo pensaba en mi madre y en el disgusto que se iba a llevar, con mis dos hermanos también encerrados en Burgos. Y entonces, junto a la tapia, me dicen: ‘¿Ves estos agujeros? Son de tus camaradas. El próximo será el tuyo’. Y me llevaron de vuelta a Ventas”.
Y es que allí, en agosto del 39, habían matado a 56 compañeros y compañeras suyas de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) donde ha militado desde los 16 años. ¿El delito? Matar a un inspector de policía que combatía la masonería y el comunismo. Fue un golpe brutal para descabezar la precoz savia nueva que había perdido la guerra. Debió ser horrible aquel verano de 1939, el primero de la Victoria. En una de sacas estaban las 13 rosas. Ella pudo ser la número 14. Se salvó de milagro. Sobre todo era amiga de Julia Conesa, la que en sus horas postreras escribió a su madre aquello de: ‘Me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija que ya jamás te podrá besar ni abrazar. Que no me lloréis, que mi nombre no se borre de la historia’.
Así, ‘Que mi nombre no se borre de la historia’, se titula el documental sobre las 13 rosas en el que ella habla. Pide disculpas porque no le quedan más copias para regalar. Le gusta más que la película sobre el mismo tema ‘La voz dormida’. “El libro en que se basa, de Dulce Chacón, me gustó, pero la película era demasiado comercial”.
 
Hablamos del robo de niños durante el Franquismo. “Cuando veo cómo curas y monjas condenan el aborto, me duele horrores. Yo nunca he abortado ni lo recomiendo, pero he visto cosas que no se pueden creer. Mujeres pariendo en la cárcel a las que le robaban su niño. ¡He visto tirar a un bebé contra la pared! Y antes, cuando empezó la guerra, organicé los talleres de ropa para milicianos en el convento de las Pastoras, que tenía un jardín precioso. Mira que me gusta un ramo más que estrenar un abrigo, pero les dije a los compañeros: ‘Esta guerra se puede alargar y con las flores no se come. Tenemos que plantar cosas que den de comer’. Así hicimos. Y al excarvar la tierra, bajo las flores, aparecieron muchos huesos infantiles, de recién nacidos”.

3. No dejé de sufrir hasta que murió el dictador

Sale de la cárcel con una obsesión: reivindicar la memoria de todos. “¡Y lo he conseguido!”, exclama ahora ufana. Pero entonces todo era triste. La liberararon para hacer de gancho y cazar a más rojos. Vive en la calle, pidiendo limosna, “robando para que a mi madre no le faltara comida”, hasta que consigue un trabajo de sirvienta en casa de Doña Paqui, que consigue sacar a sus hermanos de la cárcel. Se queda embarazada. Tan sólo fue una tregua. Al hermano mayor, Pepe, le apresan en Pontevedra años después, donde estaba de maqui. No salió hasta 1963. Y al pequeño, Luis, le detienen en Madrid, donde malvivía escondido y sólo veía a su hermana cuando ésta le dejaba comida en un cementerio. Salió con tuberculosis en 1957 y murió a los meses. El padre de su primera hija, Diana, también fue apresado y fusilado en 1942.
“Siempre estábamos perseguidos. Fueron años de vivir a salto de mata, de mucha pobreza, de registros constantes e interrogatorios en Gobernación” (el edificio de Sol). Me coloqué en una lechería. Vivía con mi madre y mi niña en una cuadra. Abría el despacho a las 6 de la mañana para preparar el reparto de mil botellas y volvía a la cuadra a las 7, de noche, tropezando a cada paso. De pena”.
La situación mejoró cuando se casó con Miguel, con el que tuvo cuatro hijos. Pero el marido, por celos, le apartó del PC, al que sólo volvió cuando se quedó viuda. Reconoce que el miedo y la rabia no terminaron del todo hasta 1975. “No dejé de sufrir hasta que murió el dictador”,dice.

“Tengo mucho aprecio a esta medalla. ¡Dicen que la llevó el Ché! (…) De España nunca me he querido ir. Mi mayor ilusión sería que el pueblo español estuviera unido. Ni PSOE ni PC ni PP. ¡Un amplio frente popular! En eso estoy con Anguita… La unión hace la fuerza. Si todos nos unimos no pueden con nostros. Hay que vencer las rencillas, nadie es perfecto, ni ellos ni nosotros. Con la nación pasa como con tu casa. Si toda la familia está unida sale a flote. Si no, se va a la ruina. ¡Mira qué grandes las manifestaciones cuando nos hemos unido! Me da rabia porque ya no voy, apenas puedo andar. Javier me lleva me lleva en la silla de ruedas. Voy echa una reina, pero me duele por él que tiene que ir empujando. Soy una de tantas, ni más ni menos. Hice lo que tuve que hacer. No me arrepiento de nada. Lo volvería a hacer con cinco sentidos”.

4. Estoy viendo las situación de los años 30

Le pregunto si alguna vez pensó en exiliarse tras la Guerra Civil. Y responde esto:
“No, nunca. Quiero a España… No la que tenemos, otra, y seguiré luchando por ella. Tengo una pena muy grande con lo que está haciendo el PP. Me cuesta muchas lágrimas cuando veo lo que está pasando. Seré muy romántica, pero pienso en toda la gente que nos han quitado luchando por un ideal, por los derechos de los trabajadores. Será poco lo que se consiguió, pero ha costado muchos años, mucha juventud dejada en los penales, que cuando han salido ya no servían para nada. ¡Y que nos lo quiten todo de un plumazo con su mayoría absoluta! Hay mucho que luchar, que hacer, hay que empezar de cero. Estoy viendo la situación de los años 30. Cuando íbamos a las manifestaciones, nos daban. Yo a mis chicos les digo que se pongan mucha ropa, que es lo que hacíamos nosotros, para amortiguar los golpes. Aunque ahora veo que lleváis los morrales –señala una mochila–, los macutos, ¡y eso los evita!”
Se ríe. Luego se queda seria. Hay más incomprensión que rabia cuando dice:
“Y yo digo, ¡esta gente que les ha votado…! Porque este es un barrio de trabajadores y aquí ha salido el PP siempre. Cuando hay elecciones y voy al colegio, les digo a las de IU, no os preocupéis que sale el PP. Si conozco a toda la gente… ¡Y ellos a mí! Concha la comunista me llaman. Pero me siento muy orgullosa. Porque si pasa algo vienen a pedírmelo. Ahora ya no, que me ven vieja. Pero cuando llegué a San Blas, aún venía la policía a mi casa. Para que no se creyeran que éramos gente de mal vivir, las decía: ‘No os asustéis, vendrá la policía muchas veces porque yo soy así, tengo este pensamiento y es por lo que lucho’. Pero mira. Tengo fama de que los hijos mejor educados son los míos. ¡Es un orgullo!

“A estos jóvenes del PC les quiero como a mis hijos. La foto fue de una vez que vinieron a visitarme. Son gente muy generosa, de una solidaridad que ya no es tan frecuente ahora como cuando yo era joven, que te quitabas lo que fuera para dárselo a los demás. Era una solidaridad más sólida. Ahora nadie se queda sin una cosa por dársela a otro. Puede ser que si te sobran 10, des 5. O lo metas en una ONG. Pero eso es más fácil”.
5. Tengo un bisnieto que es tela marinera
Su riqueza es una salud envidiable para tener 95 años. Ella desvela, orgullosa, la receta de su lucidez y larga vida: “No fumar, no beber, trabajar mucho, reírme mucho, hacer por los demás y no dormir nunca con remordimientos”. Ha tenido 6 hijos, 14 nietos y 10 bisnietos. “Nunca he tenido un duro, pero ésa es mi riqueza”. De igual forma que ella moldeó su conciencia política de su padre y hermano, ¿la ha transmitido a sus descendientes? “En mi familia hay de todo. Algunos comparten mi ideología y otros no. Pero tengo un bisnieto, Jorge, que es tela marinera. Tiene 18 años y está metido en el 15M. Recuerdo una comida familiar, hace cuatro años. Sus hermanas de tiros largos y él todo lo contrario. Tenía una bandera republicana en su cuarto. Me pregunta: ‘Bisa, cuando tú empezaste con tus cosas, ¿cuántos años tenías? Y yo, 14. ‘Pues esos son los que tengo y yo y voy a seguir como tú, porque soy anarquista’. Y digo: ‘Toma, ¡como mi padre!’ Le mandaron a un internado a Inglaterra para arreglarle, pero el niño ha vuelto más guerrero. Cuando le veo, ¡me da una alegría que pa qué!”.


jueves, 27 de junio de 2013

Expulsado ilegalmente de España dos veces siendo menor

Mohamed Camara fue desterrado clandestinamente en noviembre de 2012 a Marruecos, estando tutelado por la Consejería de Bienestar Social de Melilla y acogido en un Centro de Menores.
Tras varios intentos fallidos, logró entrar en la bahía de Melilla en patera a mediados de marzo, pero volvió a ser echado de forma irregular y deportado posteriormente a Argelia donde sufrió abusos.
Desde hace tres meses espera en los campamentos cercanos a Nador, sin dinero y exhausto tras decenas de intentos de volver a Melilla, que prospere la denuncia presentada ante la Justicia española en la que dice confiar a pesar de todo.


Él asegura que no pierde la esperanza y que, a pesar de todo lo que le ha sucedido, confía plenamente en la justicia española. Pero, durante las casi dos horas de caminata desde Tauima (pequeña población a las afueras de Nador, en el norte de Marruecos) hasta el asentamiento de inmigrantes donde vive, al joven Mohamed Camara se le nota cada vez más cansado, delgado y apático.

Mientras, en España siguen sin depurarse responsabilidades y las diligencias judiciales parecen haberse atascado en referencia a la denuncia que el propio Mohamed presentó -gracias a la intercesión de las ONG Prodein, Areas y Caminando Fronteras- en el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción Número 1 de Melilla, tras ser expulsado ilegalmente de tierras españolas en dos ocasiones siendo menor de edad, la primera de ellas estando tutelado por la Ciudad Autónoma de Melilla y acogido en un centro de menores de dicha localidad.
Desde que el pasado 20 de abril cumpliera la mayoría de edad ya no le ampara la protección especial que tanto la legislación española como las leyes internacionales dictan sobre los menores. Además, han pasado casi tres meses desde que se interpusiera la pertinente denuncia y no parece que se estén haciendo todos los esfuerzos posibles para esclarecer los hechos y restituir el gran daño infligido a este adolescente guineano.
Todo esto va haciendo mella en una persona que ha intentado entrar tantas veces a Melilla que dice haber perdido la cuenta. Un chico que ha sido deportado violentamente a Argelia en cuatro ocasiones; al que le han despojado de sus objetos personales seis veces; y que ha agotado ya todos sus recursos económicos y los de sus familiares, amigos y conocidos para probar suerte en una nueva tentativa de pisar suelo español.
Primera expulsión ilegal estando tutelado en España
Mohamed Camara nace en Conakry, capital de la República de Guinea, el 20 de abril de 1995, en el seno de una familia muy humilde, siendo el segundo de tres hermanos. Buen estudiante y deportista, destaca por su facilidad para los idiomas, llegando a hablar hasta cinco; así como por su buena condición física, que le lleva a soñar con llegar un día a jugar en el Barça, su referencia futbolística en Europa, o incluso a poder igualar algún día las marcas del velocista jamaicano Usain Bolt, su ídolo del atletismo.
“En mi país no hay absolutamente nada”, comenta el joven. “Es un país muy pobre. Allí, ahora, sólo tengo a mi hermana pequeña (de 14 años) y a mi madre. Y yo siempre quise salir para intentar tener un poco de dinero y poder rehacer mi vida, vivir mis sueños”.
Su afán por querer mejorar le llevó a realizar un viaje de siete meses hasta lograr entrar en Melilla, después de varios intentos fallidos, en marzo de 2012, cuando tan sólo contaba con 16 años de edad. La Dirección General del Menor y la Familia de la Consejería de Bienestar Social y Sanidad de Melilla confirma, en un escrito remitido al Defensor del Pueblo, que Camara estuvo tutelado por dicha entidad “desde el 28 de marzo de 2012”, permaneciendo ingresado “en el Centro de Menores ‘La Purísima’”.
Mohamed, acompañado por amigos del centro de acogida, muestra sus medallas deportivas en julio del pasado año
Mohamed, acompañado por amigos del centro de acogida, muestra sus medallas deportivas en julio del pasado año 
Durante su estancia en España bajo tutela institucional, Mohamed aprende rápido la lengua española y se entusiasma con el mundo medioambiental en las clases de jardinería que recibe en  la Granja Escuela ‘Gloria Fuertes’. Destaca considerablemente en deportes, consiguiendo medalla en todas las competiciones de atletismo y fútbol a las que le dejan apuntarse.
Hace buena amistad con Ibrahima Sare, un chico burkinés dos años menor que él, con el que comparte lengua materna, aficiones y, sobre todo, color de piel. Consiguen hacer piña y se defienden mutuamente de los constantes enfrentamientos con los menores magrebíes que son mayoría en los centros de acogida en Melilla.
Muchas veces, para sentirse un poco más en casa, o al menos en un ambiente menos hostil, recorrían a pie los escasos 500 metros que separan el Centro de Menores del CETI (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes), donde la mayoría de los internos son, al igual que ellos, de origen subsahariano. La mañana del 14 de noviembre de 2012 hicieron este camino juntos por última vez.
Según el relato de los menores, cuando se encontraban ya a las puertas del CETI, una persona que se identificó como “inspector” les instó a que subieran a un vehículo y les condujo hasta la valla de seguridad que separa a la ciudad autónoma de Marruecos donde, según afirman, fueron entregados a agentes dela Guardia Civil, quienes tras abrir una de las puertas de la valla, cerca del paso fronterizo de Mariuari, les obligaron a pasar al lado marroquí.
“Nos preguntaron cómo habíamos entrado a Melilla y nos exigían que les diéramos nombres de los ocupantes, color y marca del vehículo en el que decían que habíamos entrado”, relata Mohamed. “Les repetimos que no éramos nuevos, que vivíamos desde hacía meses en el Centro de Menores. Pero no nos creyeron. Ibrahima llevaba más de un año en Melilla, estudiaba en un instituto y hablaba perfectamente español, pero no quisieron creernos. Estaban decididos a echarnos, dijéramos lo que dijéramos”
Una carta anónima remitida a la organización Pro Derechos de la Infancia (Prodein) y presentada como documento anexo a la denuncia asegura que los jóvenes fueron expulsados entre las 11:00 horas y las 13:00 horas en la zona de la alambrada señalizada como A13-A14 y, además de dar los nombres de los guardias que participaron en esta expulsión ilegal, asegura que toda la acción “quedó recogida a través de las cámaras de vigilancia del perímetro fronterizo, las cuales son gestionadas por la Comandancia de Melilla”.
Una vez en manos de dos gendarmes de las Fuerzas Auxiliares marroquíes, éstos les dijeron que se alejaran del lugar y corrieran hacia los campamentos del monte Gurugú si no querían recibir una paliza. Allí permanecieron varios días “sin nada que comer y muertos de frío y miedo”, explica Camara.
La Fiscalía General del Estado abrió entonces una investigación, ya que los hechos podrían ser constitutivos de varios delitos entre los que destacarían el abandono de menores, la vulneración de la Ley del Menor, la detención ilegal y la expulsión ilegal, entre otros.
Incluso la Dirección General de la Policía emitió un comunicado en el que aseguraban que habían tenido conocimiento de que ambos menores se encontraban en la localidad marroquí de Nador, a través del Defensor del Pueblo, quien habría requerido ala Jefatura Superior de Policía de Melilla “el reintegro” de los menores en el Centro de Acogida.
La Policía española pidió a la marroquí que localizase a los chavales y se los entregase en el paso fronterizo de Beni Enzar, pero se negó rotundamente a ello. Entonces, según relata Mohamed, un policía adscrito al Consulado de España en Nador, acompañado por otros dos agentes, se reunió con los menores en el aparcamiento del supermercado Marjane, a las afueras de Nador, para ofrecerles una vía alternativa de entrada a Melilla.
“Nos dijeron que estaban haciendo todo lo posible para que entráramos a España pero que estaba siendo complicado. Dijeron que podíamos ir en taxi hasta Farhana (pequeña población limítrofe con Melilla que cuenta con un paso fronterizo habilitado) y que, una vez allí, ellos no nos pondrían problemas para entrar”, explica Mohamed. Una maniobra difícil ya que “no tenemos dinero para coger un taxi”. Además, “somos negros e ilegales, ningún taxi nos pararía e incluso podría avisar a la policía”. Por si fuera poco, “decían que debíamos correr para evitar que nos atrapara la policía marroquí de frontera. Pero, ¿Y si nos cogía? Habría sido un suicidio”.
El 10 de diciembre de 2012, tras casi un mes sobreviviendo en pésimas condiciones, Ibrahima, de 14 años, fue interceptado, junto con otros 14 chavales, intentando acceder de manera irregular a Melilla en una pequeña embarcación y desde entonces permanece acogido de nuevo en Melilla, primero, en el Centro de Menores de La Purísima y, luego, debido a alguna irregularidad administrativa que todavía estudia el Defensor del Pueblo, en el centro de inmigrantes adultos (CETI).

Segunda expulsión ilegal y deportación a Argelia
Mohamed quedaba entonces solo, sin su compañero de batallas. Pero, Ibrahima le dejó un buen puñado de amigos y contactos, entre ellos un primo suyo, que ayudaron a Mohamed y le financiaron los dos intentos de entrada por mar a Melilla entre diciembre y enero. Aunque la suerte no le acompañó en ninguno de los dos viajes en lancha.
El pasado 15 de marzo, Mohamed se subía a un bote de pesca junto con otros 13 compañeros y recorrían los pocos kilómetros que separan la bahía de Nador de la de Melilla. Ya estaban frente ala Playa de los Cárabos, a escasos metros de la costa española cuando la Guardia Civil interceptó la embarcación.
“Estábamos a 20 metros de la playa”, asegura el joven guineano. “Pararon el bote y nos dijeron que querían ayudarnos. Que iban a llevarnos al puerto de Melilla para asistirnos”.
Entonces, tres guardias civiles amarraron la embarcación a una zodiac del Instituto Armado y la remolcaron fuera de la bahía y, aprovechando la nula visibilidad desde la ciudad, tras las escolleras y el rompeolas del puerto, sus ocupantes fueron repartidos en embarcaciones neumáticas con motores fueraborda de gran cilindrada y conducidos a los límites marinos de España por la zona norte de la ciudad.
Tanto la embarcación como los jóvenes fueron entregados a las Fuerzas Auxiliares marroquíes que les condujeron a un destacamento militar próximo a la frontera norte con Melilla.
“Yo les dije quién era y les conté toda mi historia resumida. Les dije que era menor y que había estado ocho meses acogido en Melilla. Les conté que ya me habían expulsado a Marruecos una vez pero que la Policía me dijo que podía volver”.
Mohamed asegura que, tras su declaración, fue interrogado por tres guardias que le hicieron varias preguntas y le tomaron fotografías del rostro. Uno de ellos, según declara el joven, dijo a los otros que no podían expulsarle otra vez y que debían acogerle, pero finalmente sus compañeros no le hicieron caso.
Tras ser devuelto por segunda vez de manera ilegal a Marruecos, pasó un día entero encerrado en unas dependencias para inmigrantes irregulares “sin comida y sin agua” y después fue conducido hasta la frontera de Oujda y expulsado a Argelia.
“Allí la policía argelina nos pegó y nos quitó todo lo que llevábamos: papeles, teléfonos móviles, dinero, todo. Luego nos obligó a dar la vuelta y a volver a Marruecos”, relata.
Los guardias interrogan a Mohamed Camara antes de expulsarlo de manera irregular por segunda vez
Los guardias interrogan a Mohamed Camara en la embarcación antes de expulsarlo de manera irregular por segunda vez
Desde la Delegación del Gobierno en Melilla se aseguró en todo momento que la embarcación fue interceptada en alta mar, por lo que no fue una entrega irregular. Pero las declaraciones de los ocupantes de la barca, la de los melillenses presentes en ese instante en el Paseo Marítimo y varios vídeos grabados por periodistas, organizaciones y particulares, desmontan la versión oficial.

Expulsiones Ilegales de menores: algo habitual
Mohamed Camara y su historia saltaron a la palestra gracias al buen trabajo de algunas de las organizaciones que trabajan en la Frontera Sur, pero no es un caso aislado.
Las expulsiones ilegales de inmigrantes de Melilla a Marruecos y de Marruecos a Argelia son una constante que aumenta de manera directamente proporcional al incremento de la presión migratoria sobre estas fronteras.
Desde que el 20 de septiembre de 2005, José Palazón, presidente de Prodein, lograra filmar estas expulsiones sumarias y denunciarlas por primera vez ante el Defensor del Pueblo y la Fiscalía General del Estado son cientos las denuncias públicas que distintas asociaciones y organizaciones han hecho de esta preocupante práctica ilegal.
Médicos Sin Fronteras (MSF), en su Informe sobre la inmigración de origen subsahariano en situación irregular en Marruecos, de septiembre de 2005, evidenciaba, a partir de los testimonios recogidos por sus equipos, que era indudable que la Guardia Civil (encargada de la custodia fronteriza en las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla) “vulnera la legislación aplicable al devolver a los inmigrantes subsaharianos interceptados en las inmediaciones de la frontera”.
La devolución a Marruecos de cualquier extranjero que se hubiera encontrado en situación irregular en dicho país contraviene, según el citado informe, “las disposiciones nacionales en materia de extranjería, puede constituir una violación del artículo 3 del Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos, y vulnera los principios básicos reconocidos por la Convención de Ginebra de 1951, en particular, el principio de no devolución contenido en su artículo 33.1.”.
José Palazón asegura que esta forma de proceder es habitual y que son muchas las expulsiones sumarias e ilegales que se cometen “incluso con mujeres embarazadas y niños, y a plena luz del día; sólo que esta vez se ha podido demostrar con fotos y vídeos”.
Igualmente, Palazón cree que “desde la Ciudad y la Delegación se está orquestando una campaña de difamación, precisamente para ocultar la verdadera violencia, que es la que ejercen las Fuerzas de Seguridad con los inmigrantes y los menores. Ha llegado un momento en el que las violaciones de derechos humanos en Melilla son continuas y las ilegalidades se cometen de forma impune y a la vista de todos y eso tiene que acabar”.
A la espera de una nueva oportunidad
Los inmigrantes subsaharianos, según un estudio de MSF de este año, conviven cerca de Melilla en grupos constituidos en función de los recursos que tienen para alcanzar el continente europeo. La población que vive en los bosques  del monte Gurugú, en Nador, es casi exclusivamente masculina, pero incluye un número significativo de menores no acompañados que no tienen dinero para pagar a las redes de tráfico de personas. Estos intentan entrar en Europa por otros medios, como por ejemplo saltando la valla o nadando hasta Melilla.
Y en otras zonas de Nador las comunidades se organizan según su relación con las redes de tráfico y trata de seres humanos; son grupos de hombres, mujeres, niños y niñas de nacionalidades diversas que esperan una embarcación u otro medio de transporte que les lleve hasta Europa. Estos son los llamados campamentos familiares.
Ahora, Mohamed Camara vive en uno de estos asentamientos, a unos 20 kilómetros de Melilla, acompañado por unas 100 personas más, la mayoría mujeres, jóvenes y niños.
Tiene que trabajar para los intermediarios y los jefes de los distintos campamentos para poder ganarse un puesto en alguna de las pateras que salgan este verano hacia las costas españolas o para intentar cruzar a Melilla incrustado en el doble fondo del salpicadero de algún coche.
Algunos de sus compañeros de campamento tienen malaria, fiebres, problemas estomacales o sufren fuertes dolores por contusiones o golpes: “Cuando enfermamos se pasa muy mal porque no podemos ir al hospital. Estamos lejos y tenemos miedo de que nos cojan y nos expulsen a Oujda”, asegura.
Suelen tener muchos problemas con la policía marroquí y las fuerzas auxiliares que, desde principios de marzo, vigilan a diario los asentamientos. Afirma que a las mujeres y a los niños pequeños no les pegan y tampoco los deportan, pero los jóvenes y los hombres tienen que escapar para no recibir brutales palizas.
“Vienen temprano para pillarnos dormidos. A las 4 ó 5 de la mañana salimos todos corriendo y nos escondemos. Ellos preguntan a las mujeres dónde están los hombres. Ellas no contestan o dicen que no hay hombres. Entonces las sacan de los campamentos. Luego nos quitan todas las cosas de valor y el resto lo queman. Ya han quemado tres veces mi campamento”, relata el joven guineano.
Mohamed, a las puertas del Centro de Menores, días antes de su primera expulsión
Mohamed, a las puertas del Centro de Menores, días antes de su primera expulsión 
Es inteligente, alto y fibroso. Desprende seguridad e irradia confianza. A pesar de vivir tirado en un monte está limpio y aseado. Las uñas son perfectas y sus gestos parecen estudiados. Tiene un rostro bello y una mirada embaucadora. Si hubiera nacido en cualquier país europeo sería seguramente un deportista de élite o un modelo de pasarela.
Habla casi a diario con su madre, Nana, ella le da “fuerzas” y le dice que debe “tener coraje y no perder la esperanza”.  Su intención, por encima de todo, sigue siendo “entrar de nuevo a España y lo voy a seguir intentando hasta que lo consiga”. Quiere volver a Melilla porque en su país “no hay futuro” y en los campamentos “todo es muy malo, no es vida”.
Así que, a pesar de que es consciente de que se ha cometido una injusticia terrible con él, sigue confiando en la justicia española y está seguro de que algún día todo se arreglará y, al final, todo esto le habrá hecho más fuerte y mejor persona.


jueves, 20 de junio de 2013

“Mientras sigan dándose políticas de criminalización, el futuro será la pervivencia de los CIE”

Entrevista con el abogado Arsenio G. Cores, especializado en derechos humanos, y con más de una década de experiencia en casos de migración y asilo.


Arsenio G. Cores lleva más de una década trabajando como abogado en el ámbito de los derechos humanos. En este tiempo ha conocido de primera mano las políticas que han obstaculizado la vida de las personas inmigrantes, solicitantes de asilo, apátridas y víctimas de trata en España. Conversamos con él sobre la legislación nacional y europea sobre los Centros de Internamiento de Emigrantes (CIE).

Frente a las irregularidades en que incurre la existencia de los CIE, ¿cabría la posibilidad de que algún tribunal, europeo o español, los declarase ilegales?
Hay que partir de la base de que en Europa existe una Directiva, del año 2008, conocida como Directiva de la vergüenza, que fue promovida por el Partido Socialista, que autoriza la existencia de estos centros. Lo que habría que cuestionarse es qué disfrute de derechos podrían tener las personas que se encuentran recluidas en los CIE. A día de hoy, cerrar un CIE en Europa resultaría complicado. Partiendo de las diferentes convenciones de Derechos Humanos, efectivamente podrían existir argumentos jurídicos para considerar que estos centros incurren en la ilegalidad y así posibilitar su clausura, si bien en la práctica resultaría extremadamente difícil. Sí sería factible que, por parte de algún tribunal, bien español o de otros países de la UE, se estableciese una regulación más dura para con las administraciones, evitando así que se cometan las barbaridades que a día de hoy tienen lugar en estos centros. La aspiración que tenemos, evidentemente, es el cierre total, pero a día de hoy resulta complicado, sobre todo cuando es la propia Unión Europea la que establece que existan esos centros.

Precisamente, hemos visto que, en cuestión de derechos de los internos, la situación es de un marasmo absoluto, ¿cree ud. que acabarán por regularse a nivel nacional o europeo?
Efectivamente, es un marasmo. De hecho, la Directiva establece unos plazos de retención que oscilan desde los 40 días hasta los 18 meses, lo que es una barbaridad y un sinsentido. Esta medida se tomó únicamente para poder retener a la gente en los estados en que los períodos de estancia eran indeterminados. Es una barbaridad, y tiene que ver con la criminalización de las personas migrantes. En caso de que no pudiera darse un cierre definitivo de los CIE, lo ideal sería la existencia de una reglamentación que no fuese una Directiva, sino un reglamento, sin diferencias en la restricción de derechos entre los países de la Unión Europea. Puede haber diferencias en los derechos, pero nunca en la restricción de los mismos entre los miembros de la UE. Remitiéndonos al artículo publicado recientemente por Periodismohumano sobre el caso de Josephine Thomas, que es recluida no en un centro de internamiento, sino en un centro no regulado en el que se dispone de menos derechos que la gente interna en los CIE, que a su vez suele gozar de menos derechos que las personas recluidas en una prisión. En teoría, la única restricción debería ser la de la libertad deambulatoria. Se está elaborando un reglamento para la regulación de los CIE que todavía no ha salido a la luz, y mientras tanto, disponemos únicamente de unas sentencias, en Madrid y Valencia, de los respectivos Juzgados de Instrucción que regulan someramente el funcionamiento de sus respectivos centros. Se ha publicado un informe de Pueblos Unidos que trata precisamente de esto. En definitiva, es algo que debería estar regulado, pero a nivel europeo y por medio de un reglamento. A nivel de directivas, tenemos la experiencia de lo sucedido con las Directivas de Asilo, que han dado lugar a unas regulaciones muy diferentes y a unas aplicaciones completamente distintas de un país a otro. La Directiva sólo propicia una enorme inseguridad jurídica, algo que no debería darse en los casos de restricción de derechos.

En el caso de Madrid, el expediente gubernativo 286/2012 del Magistrado Juez de Instrucción nº6 establece, en el caso de las expulsiones de los internos, que previamente se realizaban sin ningún tipo de información o garantía; que el expulsado habrá de ser avisado con al menos 12 horas de antelación, dando a conocer el número de vuelo, hora de llegada, ciudad de destino, etc. sin necesidad de ser ello solicitado por el interno. El expediente de extranjería 39/2012 del Juez nº3 de Valencia establece lo propio para el CIE de Zapadores, aunque sin plazo mínimo de horas para el aviso.
¿Le consta que haya denuncias en curso contra los CIE en lo que se refiere a las condiciones de vida de sus internos o las restricciones de sus derechos?
Por lo que tengo entendido, aparte de denuncias públicas tales como las de prensa, no hay ningún proceso abierto contra ninguno de estos centros. En caso de haber alguno, se trata de procesos abiertos ante juzgados, todavía sin mayor trascendencia. De todas formas, puede ser que esté errado. Por otra parte, la situación de desconocimiento en que se encuentran los internos resulta total, así como una enorme presión psicológica derivada de una culpabilidad infundada, según la cual los internos creen no tener derechos por haber incumplido la ley. No hay que olvidar, además, de que el funcionamiento y control de los CIE dependen en primera instancia de la Policía, por lo que cualquier queja que pueda darse es directamente desestimada. Un ejemplo de cómo funcionan las cosas se da cuando un interno quiere ponerse en contacto con un abogado, con una organización o, simplemente, solicitar asilo. Para ello, el proceso pasa por rellenar un formulario y depositarlo en un buzón. En la mayoría de las ocasiones, esos formularios no llegan, pues deben pasar por el Director de Seguridad del CIE o la Oficina de Asilo para dar comienzo a los trámites. Muchas veces no llegan, y son las organizaciones las que tienen que estar pendientes de que las solicitudes de los internos sean atendidas. Existen, asimismo, espacios vacíos en los que se denuncian casos de malos tratos. Aunque ello no trascienda, indica que algo está pasando. La excusa de que se trata de personas que han delinquidono es válida. Si realmente se trata de personas condenadas y cuya pena ha sido sustituida por la expulsión, quizás no debieran estar ahí. Si se trata de personas condenadas, cuya pena ya ha sido cumplida y pendientes de expulsión, también cabría preguntarse si debieran estar ahí, o de qué manera deberían relacionarse con el resto de internos, ya que en torno al 70% de los internos son gente cuya única falta es estar en situación irregular, a los que en principio se les restringe el derecho de libertad deambulatoria, si bien en la práctica se encuentran con muchísimas más restricciones.
Podríamos decir, pues, que la atención e información de los internos corre a cargo de las diferentes organizaciones interesadas en el funcionamiento de estos centros.
Por supuesto, el régimen de los CIE no deja de tratarse de un régimen policial. Nos encontramos con celdas sin baños, colas enormes para acceder a las oficinas de renovación de permisos, edificios como el de Aluche, en el que las rejas de las ventanas se encuentran camufladas por unos paneles azules para no ser vistas desde fuera, etc. En ese contexto, es evidente que los internos no tienen ningún acceso a esa información por parte de la Policía. Fue, de hecho, gracias a los juzgados como se consiguió el acceso de las organizaciones -como ocurrió con el auto del 3 de enero de 2011 del Juzgado de Instrucción nº 6 de Madrid-, algo que anteriormente resultaba imposible.

¿Hay algún movimiento a nivel europeo por el cierre de estos centros o su existencia pasa inadvertida?
Existe desde hace años una red llamada Migreurop, con sede en Francia, que de hecho tiene localizados todos los centros de internamiento de Europa.No creo que haya una campaña como tal, pero sí una movilización de determinados sectores sociales contra la existencia de estos centros. De hecho, cuando se dictó la llamada Directiva de la vergüenza, nos encontramos con movimientos importantes en determinados países. Podemos decir que sí existe, fuera de España, la esperanza de que se de una articulación definitiva.
¿Cuál cree que será el futuro de estos centros?
Mientras sigan dándose políticas de criminalización, el futuro será la pervivencia de los CIE. En ese sentido, somos bastante pesimistas. La experiencia frente a los tribunales revela una visión bastante xenófoba de la inmigración, precisamente en el sentido de considerar a estas personas como gente sin derechos y cuya situación es justificable por alguna razón poco concreta. Así, generalmente nunca se deniega el internamiento de una persona, los recursos son denegados, las denuncias son rechazadas, etc. Frente a la Directiva vigente, la perspectiva no es halagüeña, y menos en un contexto de crisis en que todas las personas son vistas como una competencia.

¿Qué opinión le merece el Anteproyecto de Real Decreto para la regulación de estos centros en España?
Pese a que todavía no he podido tener acceso a él, cabe pensar que traerá algunas cosas buenas en el sentido de que, cuando algo es regulado, desaparece la inseguridad jurídica, y eso no deja de ser un paso hacia delante. A día de hoy, sólo hay unos seis o siete artículos en la Ley de Extranjería que regulen el funcionamiento y régimen de internamiento en los CIE, donde se establece que se podrá emplear fuerza de contención cuando la situación lo requiera, por ejemplo. No soy optimista al respecto, y menos viendo las políticas aplicadas de España en los últimos años. Lo que sí es cierto es que, aunque se regule mal, desaparecerá la incertidumbre jurídica. De todas formas, no hay motivos para pensar en el optimismo.

martes, 14 de mayo de 2013

Humillados por Diferentes


La vida de entre 4.000 y 5.000 homosexuales quedó marcada en la España franquista por la Ley de Peligrosidad Social
Esta es la historia de personas que pagaron con cárcel y represión su orientación sexual


Estos tiempos en los que todos somos más iguales ante la ley que antes, en los que una pareja homosexual puede contraer matrimonio sin complicaciones, montar sus negocios, ascender en la mayoría de sus trabajos reconociendo su condición, juntarse en fiestas y celebraciones callejeras, levantar la bandera de sus barrios, disfrutar y reafirmar su identidad sexual en una cabalgata multitudinaria que convoca a cientos de miles de personas, no son como aquellos apenas lejanos en los que un mero gesto afeminado en público podía costar la cárcel, o una palabra con aire alocado, la humillación sin paliativos.
Estos tiempos en los que dos hombres o dos mujeres pueden andar de la mano y besarse por la calle, criar hijos, compartir tardes, comidas y Navidades con las familias contrarias, no son como aquellos en los que para buscar plan había que adentrarse en rincones lúgubres y oscuros, o a la salida de un cine esperaba camuflada la policía secreta para meterte en el calabozo, hacerte comparecer ante un juez que te consideraba un enfermo, te abroncaba y te metía seis meses en la cárcel aplicando la ley de peligrosidad social –¡vigente hasta 1995!, aunque con los artículos referentes a la homosexualidad derogados en 1979– o anteriormente la de vagos y maleantes.
Era la manera de escarmentar y de curar lo que resultaba una plaga para el régimen de Franco, un tiempo que se prolongó en el inicio de la democracia y que marcó la vida de entre 4.000 y 5.000 personas de esa condición, condenadas en cárceles de oscura memoria como Badajoz, Fuerteventura, Nanclares de la Oca, Huelva, la Modelo de Barcelona o Carabanchel, adonde iban a parar la mayoría de homosexuales arrestados por ningún motivo más allá del capricho represor imperante y en los que a veces, de manera absurda, se les dividía entre activos (Huelva) y pasivos (Badajoz). Atrocidades fijadas hoy en esos lugares con carteles conmemorativos y denunciadas por asociaciones como la de Ex-Presos Sociales, que ayuda a que las víctimas sean compensadas por el Estado.
Historias que se han contado en libros como Redada de violetas, de Arturo Arnalte, o que están a punto de ver la luz –si la financiación para terminarlo se lo permite– en documentales como Invertidos, la ley contra el deseo, de Martín Costa. Seres humanos que dejaron su inocencia, su sentido de la vida y su dignidad entre las paredes de aquellas celdas por el mero hecho de no ocultar su condición, de negarse a travestirse en la aparente normalidad sus cuerpos de hombres cuando querían ser mujeres y comenzaban a tomar hormonas, héroes de una avanzadilla que hoy contempla con mucha más naturalidad la identidad sexual en la sociedad moderna si la comparamos con países como Francia, donde los homosexuales son apaleados en la calle después de que el presidente Hollande anunciara la aprobación del matrimonio gay.
Pero es que incluso en aquellos tiempos no hemos ido muy alejados del entorno europeo. Javier Ugarte, doctor en Filosofía por la Universidad de Oviedo y estudioso del asunto, fundador de la revista Orientaciones, asegura que, en el continente, las legislaciones también eran represivas. Pero hay diferencias. “En Europa se abordaba como una cuestión psiquiátrica; aquí, por influencia de la Iglesia, se convertía en un asunto moral”. Y también social para el régimen: “En España se trataba de aplicar una represión de clase. Se penalizaba más a los solteros. Si eran casados, las penas se dulcificaban con tal de que volvieran al seno de la familia”.
.Antoni Ruiz i Saiz “Con este podéis hacer lo que os dé la gana porque es maricón”
Una mañana, con 17 años, Antoni Ruiz i Saiz se despertó, decidió afrontar su vida con franqueza y le confesó a doña Libertad, su madre, que era homosexual. Venían de una familia republicana a la que le habían transformado el oremus a base de estopa, así que la buena señora se asustó y se lo contó a su hermana. Su hermana, a su vez, se escandalizó y se lo comentó a una monja perteneciente a las legionarias de la Virgen de los Desamparados. La monja se lo chivó a la policía y una madrugada, cuatro secretas entraron a buscarle a su casa en Xirivella, a las afueras de Valencia.
La maldita cadena de miedo, desconcierto y alarma acabó con la transparente confesión íntima entre madre e hijo en la cárcel. “Con los años llegué a perdonarla. Era una mujer muy poco preparada, mi padre murió cuando yo tenía siete años, no teníamos medios para sobrevivir y si yo me iba pensó que se quedaba sin ingresos”, confiesa hoy Antoni en el mismo salón de la casa donde habló con ella.
Hoy él vive allí con David, su marido. Pero ese viaje, desde la primera salida de su domicilio rumbo a varias cárceles hasta los días felices junto a su esposo, ha sido muy largo. Cuando lo comenzó ya había muerto Franco. Era el año 1976. Pero la represión daba sus últimos coletazos.
Antoni trabajaba como pastelero. No ganaba mal, pero el curro se le terminó en cuanto un policía le echó dentro de un calabozo atestado de camioneros en huelga con un aviso: “Con este podéis hacer lo que os dé la gana porque es maricón”.
“Cualquier homosexual al que pillaran sabía lo que le esperaba dentro”, recuerda Antoni. Además, ese policía le tenía ganas. “Me dijo que me había visto muchas veces por la estación de autobuses”. El juez fue más fino. “Me indicó que me iban a mandar a una especie de colegio”.
Pero el colegio no era más que las celdas de Carabanchel y Badajoz. Allí se encontró con un cura caritativo que avisó a su familia: “¿Ustedes saben realmente dónde está su hijo…?”. Al poco tiempo salió. Pero le obligaron a quedarse a 100 kilómetros de su casa, desterrado en Dénia. En la calle se convirtió en un apestado. No recuperó su trabajo y no encontró nada nuevo. Decidió prostituirse. “Un policía me dijo que en la calle del Mar se ejercía entre hombres”. Conoció a gente muy influyente de Valencia, entre ellos algún dirigente de Falange, halló protección y cuando se enamoró de un empleado de banca decidió dejarlo.
Luego vino el trabajo. “Salí del pozo y decidí desarrollarme como persona”. Fue olvidando aquello y apechugando con sus consecuencias más íntimas. La democracia corría como un galgo a su lado. O eso creía… Hasta que en 1995, paseando por la calle de Caballeros de Valencia, dos policías municipales le paran en un control, le piden el carné y, tras comprobar sus datos, uno le dice al otro: “No tiene nada, pero ten cuidado con él, que es maricón”.
Antoni se sorprendió. “Perdone…, ¿qué dice?”. Y ellos le responden: “Si quieres saber algo más, te buscas un abogado”. Hasta esa esquina del Estado de derecho han llegado los estragos de la represión. Antoni encontró una defensa de oficio y peleó. “No paramos hasta que en 1999 se hace la ley de protección de datos y con ella se borran los archivos en los que constaban homosexuales fichados en la época en que estaba vigente la ley de peligrosidad social”. Lo celebraron a la valenciana. El Tribunal Superior de Justicia los quemó en público. “Fue una falla”, recuerda Antoni. Aquello le hizo tomar conciencia. Hoy lidera la Asociación de Ex-Presos Sociales, para no permitir el olvido de las víctimas.
Rampova: "A este hijoputa hay que meterlo en la cárcel"
Francesc Oliver se presenta una tarde ventosa de primavera por los alrededores de El Cabanyal, el barrio valenciano donde vive, y pide una copa de coñac. Le tiemblan las manos al sostenerla. De la izquierda sobresalen sus uñas largas y pintadas. Es complicado adivinar el color de sus ojos ni la destreza de su mirada porque la lleva oculta tras unas gafas de sol. Hay que quedar por la tarde. Por la mañana no está para nadie: “Todavía tomo ansiolíticos”.
A Francesc le llaman Rampova. Es su nombre artístico, el que adoptó para sus espectáculos de variedades, que mezclan el rock duro con fuerte contenido social y los bailes picantes. Artista quiso ser toda la vida. Porque le atraía la farándula y porque no le quedó más remedio desde que le apresaron por primera vez a los 14 años, un episodio que no ha olvidado ahora, a sus 56: “Yo había tenido relaciones con chicos de mi edad. Aquí, en la huerta, era muy común. Pero ese día me fui con un hombre casado”. Una rata dio la alerta. “La vi pasar y me puse a gritar tipo Psicosis”. La policía andaba por allí y los arrestó.
A él lo llevaron al calabozo y a su ligue se lo pasaron por alto, pero no se libró de la humillación. Le condujeron hasta su casa y al dejarlo allí le dijeron a su mujer: “Que sepa que su marido ha estado con una bujarrona”.
“A mí me daba igual”, dice Rampova. “Yo era la maricona del barrio”. En su casa de aire republicano no había problema. “Mi padre decía que más le valía tener un hijo como yo que un hijo cura”. Pero todavía no era consciente de lo caro que aquello se pagaba hacia 1971 en la calle. Pasó unos cuantos días en el calabozo y cuando lo presentaron ante el juez exclamó: “A este hijoputa hay que meterlo en la cárcel”.
Al ingresar en la Modelo alguien le advirtió: “Aquí más vale ser fea, porque eres invisible”. Pero Rampova no contaba con esa suerte. “A esa edad yo no tenía nada que envidiar a Greta Garbo…”, admite. Y eso no convenía si te metían en el pabellón de los invertidos, como lo llamaban. Allí trataron de curarle con electrochoques. Por la noche, los funcionarios hacían la vista gorda y dejaban pasar a los presos comunes.
Entonces llegaba lo más duro. Las violaciones. “En 30 días que estuve, no sé cuántas veces me violaron, a mí y a otros. Los había muy divinos, gente que se parecía ya a David Bowie antes de que David Bowie existiera”. El círculo de represión era perfecto. Detención en la calle, juez con reprimenda y funcionarios que te echaban a las fieras. Si no se arreglaba por las buenas, entonces por las malas.
Pero Rampova quería seguir siendo él mismo. Al salir, una amiga le advirtió: “Vete de la ciudad porque en cuanto haya una redada te van a meter preso”. Se largó a Barcelona. “A casa de mi tía, gemela de mi madre”. Allí enfermó de afición al cine. “Supe diferenciar entre cinefilia y cinefagia. Entre Ozores y la nouvelle vague”. Pero un día en que se sentó junto a alguien inapropiado en la oscuridad de una sala, volvieron a meterle preso.
“Ya sabía lo que me podía pasar. Prefería suicidarme. Le pedí a mi tía unas cuchillas, la convencí”. Pero le rescató el amor. “Me enamoré de un argentino y eso me salvó la vida”. No pudo evitar otras desgracias. “Como la muerte de Rosaura…”. Las palizas, las humillaciones, las vejaciones en grupos, quedaban registradas en los papeles oficiales como suicidios.
Eusebio Valderrama: "El patio de la cárcel parecía el día del orgullo gay"
Cosas de la vida. Eusebio Valderrama ve desde el salón de su casa la ventana de la celda donde pasó su primera condena en la cárcel de Málaga. Hoy, este bailarín tiene una calle en la ciudad donde nació. Y no es para menos.
Su obra mayor es la vida que ha llevado y lleva hoy como artista del baile retirado y escritor volcado entre la memoria y la poesía. Si el genio de Manuel Chaves Nogales viviera, dudaría entre la historia del maestro Juan Martínez, aquel bailaor que quedó atrapado en la revolución rusa y se lo contó tal cual fue, y la de Valderrama, que vivió la represión franquista, fue pintado por algún genio del siglo XX y bailó ante el sah de Persia o Sadam Husein.
“Nací en el Perché. En el colegio me gustaba jugar con las niñas. A los cuatro años ya sentí la llamada de unas castañuelas cuando mi Pepe las tocó en el piso de arriba y yo me fijé en él. Desde entonces pasamos toda la vida juntos”. Estalló la guerra y voló la niñez. “Nunca se me olvidarán las hileras de muertos, algunos con sus partes cortadas y metidas en la boca”. La muerte iba en serio. Y la vida como él la sentía, también. Convencido de su condición, se fue a Barcelona. “Allí todo estaba más permitido”.
Una vez regresó de vacaciones a Málaga y le arrestaron. “Nos habíamos sentado Pepe y yo juntos en un asiento y por eso me detuvieron. Él se escapó”. Eusebio pagó con 90 días y alguna paliza, pero no delató a su amigo. La siguiente redada fue en Madrid. Iba solo por la Gran Vía y llevaba una americana azul con botones dorados. Un policía le llamó la atención: “¿Adónde vas mariconeando por la calle con esa pinta?”.
A Carabanchel… “Allí nos obligaban a mí y a otras locas a limpiarles la celda a los presos políticos. El patio de esa cárcel parecía el Día del Orgullo Gay”. Se largó al exilio. Vivió en Francia, en Italia, en Grecia. De cada país guarda un saco de anécdotas ambientado entre los alrededores de su espectáculo de baile español. “En Atenas, unos señores muy amables nos invitaron a champán. Uno soltó: ‘Vamos a brindar por la boda de su hijo’. ¿Quién es su hijo?, pregunté. ‘Mi hijo es el príncipe y se casa mañana’, respondió el padre del rey”.
En Francia, un pintor andaluz los contrató para su cumpleaños. “Durante el espectáculo nos pintó. Al ver el dibujo no nos gustó. ‘¡Quita, qué horror!’, le dijimos”. Pablo Picasso, se llamaba. “Pero a esas alturas, ¡quién coño sabía quién era Picasso!”.
Silvia: "Me fui prostituyendo hasta que me metieron presa"
Si a Domingo, en Las Palmas de Gran Canaria, o a Juan y a Alfonso, gemelos, en Granada, cuando eran niños les hubieran preguntado a cada uno de ellos por separado qué querrían ser de mayores, habrían respondido que abogados, médicos, artistas… Pero al unísono también habrían declarado lo que finalmente consiguieron: ser mujer.
Su historia se asemeja. Y es tan cara, tan dura, que asombra. Nacer hombre en los años cuarenta o cincuenta y querer ser mujer tenía un precio. La cabezonada se pagaba con cárcel, exclusión social, humillaciones que llevar con la cabeza alta y represión. Pero se salieron con la suya. No dieron sus brazos a torcer y entre las hormonas clandestinas y el sueño de torcerle la voluntad a la naturaleza, y de paso al Dios en que a menudo creían, lo lograron. Lo que parecía una debilidad a ojos de la sociedad, con los años resulta de justicia juzgarlo por lo que realmente es: un acto heroico.
En casa de Domingo, a nadie le cabía en la cabeza que hubiese salido tan afeminado. Ni a su madre ni a sus hermanos. Era bueno en el colegio, estudiaba. “De haberme quedado, habría hecho Medicina o Derecho, pero me fui a Barcelona porque quería ser mujer”, asegura Silvia Reyes (en las imágenes de esta doble página, en su ático del Ensanche).
Allí llegó para trabajar en hostelería e ir hormonándose. Pero al ver su aspecto ya travestido, no le dieron trabajo. “Me fui prostituyendo hasta que me metieron presa”. Después salió e hizo espectáculos de strip-tease, principalmente en Suiza. Hoy mira hacia atrás jovial y sin cuentas, a gusto con su piel, en plena y espléndida madurez, pese a la dureza del viaje.
Trinidad, en cambio, con su hermana Bárbara, en Granada, no encontraba obstáculo en que su madre les dejara vestirse con sus ropas cuando se llamaban Juan y Alfonso. Empezaron a tomar hormonas desde muy pronto y llevaban tan a gala su travestismo incipiente que ni les humillaban casi por la calle más allá de las risitas.
También probaron cárcel. “Allí encontramos travestidos con tanta coquetería que se pintaban los labios con betún”, asegura. Y es que la fuerza que te invade por dentro cuando eres determinante no hay quien la pare. “Decidir ser mujer es muy serio. No vale con ponerse vestidos y andar con tacones. Una señorita debe tener modales, esté o no esté operada”, afirma Trini en su casa de Granada, poblada de retratos de ella y de Bárbara, su hermana, en la época que formaron las Dollys Sisters. “Yo he llegado a actuar hasta en Las Vegas”, dice.
Bárbara murió joven. Pero antes pasaron su temporada por la cárcel de Huelva después de unas cuantas palizas en los calabozos. “Nos rozaban en el patio, cuando entrábamos se montaba un escándalo entre aquellos presos comunes. Había de todo, criminales, terroristas, gente con unas pintas rarísimas…”. Al salir, destierro. Se fueron a Mallorca. Allí podían ser lo que quisieran. “En Granada tampoco nos afectaron muchos traumas. Cuando nos echaban en cara que actuáramos así, decíamos: ‘Federico García Lorca también era homosexual, ¿qué pasa?”.
Trinidad ha vuelto a su tierra. Un derrame le obligó a dejar el trabajo y regresar junto a su familia a ejercer de tía abuela. Lejos quedan los días en que se les atravesaban las lecheras de la policía y les detenían. Hoy se siente una señora bien respetable y rememora la infancia en la que Juan y Alfonso salían a la calle disfrazados de niños con pantalones cortos cuando su verdadero atuendo fuera el de los trajes que tomaban prestados a su madre sin que ella se los negara nunca.